Mientras escribo esta carta

Mientras escribo esta carta, o lo que quiera que sea. Pienso en lo idiota que fui mientras estuve a tu lado. Soporté si quejarme todas las decisiones que sin conciencia tomabas para los dos. Perdí decisión propia, me dejé gobernar por lo que estaba sintiendo, sólo para mantenerte en tu órbita. Tenía la intención de embarcarme lejos de tus aguas, pero los remos de mi barca se habían averiado justo aquel día en que proclamé un sentimiento aun puro. La inequidad extinguía lentamente mi aliento, y los pasos lejos de ti seguían siendo a medias, casi inexistentes. Marcharme era la única opción que me quedaba, sin esperanza alguna de volver al lugar en el que mas me habían lastimado, con la persona que menos me había amado, con el clima que mas me había enfriado los huesos, a la obscuridad mas espesa de la que tengo memoria. Era contradictorio el ego que pensaba me queda aun, en el sentido de que fingía quererme mas que a nada en el mundo, aunque la realidad es que me veía como una basura reciclada una y otra vez por ti. Las cadenas y los grilletes que yo mismo me coloqué parecían irrompibles, inviolables, inextinguibles. Y de nuevo en cada intento de huida me veía atado a lo que tu nombre significaba para mi, a lo que esa voz me cantaba tan cerca y tan lejos del oído, o lo mis ojos veían en tus pupilas dilatadas o aveces comprimidas en tu mundo. Había una llama en mi que de a poco se convertía en hoguera, y sabia que aun yéndome, seguiría acrecentándose con el caminar de las manecillas del reloj de mi tiempo. La llama quemaba, y no encontraba exactamente donde es que el dolor me laceraba, buscaba por todas partes con la insistencia de querer cercenar el dolor que me hizo lo que ahora soy. Por hazares del destino pude huir lejos de ti, pero más que eso; de mi. Precariamente tome un par de hojas y una pluma para llevarme algo sin que te dieras cuenta. Y las llené de tanta tinta, que las manos me dolían de tanto escribir. Me había enamorado de la soledad, como las águilas que vuelan solas con su majestuosidad. La única diferencia es que yo no volaba, estaba hundido en el fango, esperando salir en algún momento a recuperar un poco de mi vida. Nunca te busqué, por el simple hecho de que no tenía sentido buscar por algo que nunca había buscado por mi. Ahora me quedabas únicamente en la mente, en mi mente traicionera, peripecica, demente. Grabé tus iniciales en todos los textos, porque las iniciales no suponen lo que sigue o hay al final. Así te guardé para mi, y para mis letras, mis torpes letras que nunca se separaron de ti.
Siempre tuyo; Eduardo Horta G’

Eras felicidad

Aprendí a llamarte “Felicidad en estado puro, natural, magnifico, maravilloso, radiante, inigualable”. Porque eso eras en verdad. La felicidad que no encuentras en ningún orgasmo, ni en ninguna droga, ni en un gol de final de copa del mundo, ni en el final de un libro, ni en el brillo de un lingote de oro, ni en la pintura de un ultimo modelo. Eras felicidad, en su forma más espontánea. Esa felicidad que no se ausentaba, que no se extinguía, que no se marchitaba, que no pedía nada a cambio si no la simpleza de una sonrisa iluminadora. Eso eras, en un pasado tan frágil que dejó de existir.
Eduardo Horta G’

Hubo más cosas que nos separaron

Hubo más cosas que nos separaron que las que nos unían. Mensajes ignorados, besos sin mucha intención, abrazos sin mucha emoción. Empezabas a mirar hacia otro lado, y yo en mi comodidad no supe distinguir cuando eso pasó. Hasta que te supe en otros brazos, en otros labios, en otros ojos. Entonces pronunciaste algo que nunca quise escuchar, y que ignoré bastante tiempo; “ya no siento lo mismo”. Una lápida sentimental, emocional, espiritual, que me golpeteó los intestinos. Tan fuerte que no pude derramar una sola lagrima.
Eduardo Horta G’

En ocasiones 

En ocasiones las personas se van y siguen una vida que tu no pudiste seguir. Hacen sus planes y tu te ves obligado a deshacer los tuyos. Encuentran la felicidad y tu tienes que abandonar la tuya porque estaba a su lado. Simplemente se van, se esfuman, se disuelven, se diluyen, mientras tú; te desgarras en silencio.

Eduardo Horta G’

Te quiero tanto

¿Sabes? Te quiero tanto que ni si quiera yo sé cuanto. He pasado noches pensando en que te conocí de la manera más extraña, en el momento menos agraciado de mi vida quizás. Encendiste una luz que se había apagado hace mucho en mi, cuando me decepcionaron por primera vez en la vida. Sabia que a todos nos pasaba eso, pero, honestamente siempre creí que lo mío era algo diferente. Porque sufría como un idiota, e intenté volver a darle marcha a mi vida, a mis sentimientos. Y por alguna razón no se podían accionar, en ningunos labios, en ningunos ojos, en ningunos brazos. Cada intento significó un fracaso, un doloroso fracaso que me hizo plantearme en si yo tenía derecho a enamorarme otra vez, con todo lo hermoso que se puede sentir que alguien te parta el corazón. Entonces llegaste tú, sonriendo sin motivos, levantándome cada que el piso me quería cerca de nuevo, besándome cuando mis labios morían tanto que sólo a besos volvían a la vida, abrazándome cuando mi piel estaba congelada. Así regresó la esperanza de amar, de volver a sufrir, porque después de tanto había perdido toda sensibilidad, no sólo me costaba ser feliz, también sufrir era muy difícil, creí que me había quedado sin sentimiento alguno. Todo te lo debo a ti, sólo a ti, porque en un beso comprendí todo lo que en muchos otros no había comprendido. Y es que cuando dejas de sentir, el mundo entero deja de sentirte, cuando de sonreír, el mundo entero deja de sonreírte, cuando dejas de sufrir, el mundo entero sufre por ti.

Eduardo Horta G’

¿Quién no recuerda?

¿Quién no recuerda esa primera vez en un beso? Ese momento exacto en que por unos cuantos segundos todo se detiene, como si los engranes del universo perdieran movimiento y toda la creación quedara congelada. ¿Quién no recuerda ese palpitar agitado mientras te acercas pausadamente a sus labios? Y las manos te tiemblan involuntariamente, mientras el sudor se hace casi incontenible y se resbala a placer por el cuerpo. ¿Quién no recuerda haber perdido la visión durante esos segundos? Besando a ciegas porque inexplicablemente los besos saben mejor cuando le cerramos los ojos al mundo pero se los abrimos al alma. ¿Quién no recuerda todo eso? Que sucede en segundos, instantes fugaces, que parecen tan poco y no hacen sentir tanto. Todo eso en la rapidez de un primer beso.


Eduardo Horta G’

Me habían rechazado tanto 

Me habían rechazado tanto que las muestras de cariño me parecían inverosímiles, incluso debo admitir que en ocasiones sentís que no las merecía. No después del escritor, porque quizá todas esas muestras de cariño eran para ese personaje que la vida fue creado en mi, y no para la persona, esa que había nacido 18 o 19 años antes que el escritor. De vez en cuando me agradaba verme como un chico querido por desconocido que apenas y si conocían mis letras, pero muy en el fondo sabía que aún había un hueco en mi por tantos años de in trascendencia. Aunque al final fui lidiando con eso, aprendiendo a vivir una nueva vida entre multitudes. Y también debo admitir que son justamente ustedes, mis lectores, los que me hacen los días, todos los días.

Eduardo Horta G’

Nunca más

La miré dos o quizá tres veces a los ojos, con mirada perdida. Y entonces entendí que la vida estaba en otra parte, no ahí, donde siempre creí que estaría. Caminé, y después del segundo paso decidí que nunca más vería atras.

Eduardo Horta G’

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