¿Quién no recuerda?

¿Quién no recuerda esa primera vez en un beso? Ese momento exacto en que por unos cuantos segundos todo se detiene, como si los engranes del universo perdieran movimiento y toda la creación quedara congelada. ¿Quién no recuerda ese palpitar agitado mientras te acercas pausadamente a sus labios? Y las manos te tiemblan involuntariamente, mientras el sudor se hace casi incontenible y se resbala a placer por el cuerpo. ¿Quién no recuerda haber perdido la visión durante esos segundos? Besando a ciegas porque inexplicablemente los besos saben mejor cuando le cerramos los ojos al mundo pero se los abrimos al alma. ¿Quién no recuerda todo eso? Que sucede en segundos, instantes fugaces, que parecen tan poco y no hacen sentir tanto. Todo eso en la rapidez de un primer beso.


Eduardo Horta G’

Me habían rechazado tanto 

Me habían rechazado tanto que las muestras de cariño me parecían inverosímiles, incluso debo admitir que en ocasiones sentís que no las merecía. No después del escritor, porque quizá todas esas muestras de cariño eran para ese personaje que la vida fue creado en mi, y no para la persona, esa que había nacido 18 o 19 años antes que el escritor. De vez en cuando me agradaba verme como un chico querido por desconocido que apenas y si conocían mis letras, pero muy en el fondo sabía que aún había un hueco en mi por tantos años de in trascendencia. Aunque al final fui lidiando con eso, aprendiendo a vivir una nueva vida entre multitudes. Y también debo admitir que son justamente ustedes, mis lectores, los que me hacen los días, todos los días.

Eduardo Horta G’

Nunca más

La miré dos o quizá tres veces a los ojos, con mirada perdida. Y entonces entendí que la vida estaba en otra parte, no ahí, donde siempre creí que estaría. Caminé, y después del segundo paso decidí que nunca más vería atras.

Eduardo Horta G’

Enamorado triste 

Aveces ese titulo de “enamorado triste” se había convertido en un pleonasmo. El enamorado feliz solía ser mas una utopía que otra cosa. Aún así me sentía maravilloso. Es triste sentirte una maravilla cuando te despedazan por dentro. Pero así estaba yo; tristemente maravilloso.

Quizás 

Quizás te marchaste porque no te di las razones suficientes para que te quedarás siempre a mi lado. Quizás mi voz no fue muy clara cuando te dije te amo tantas y tantas veces. Quizás mis besos eran tímidos y no un diccionario repleto de palabras que se existen, y que serán siempre tuyas. Quizás no supe comprender que tus silencios necesitaban de mis gritos, que tus miedos necesitaban de mis fortalezas, que tu frío necesitaba mi calor. Quizás fui yo, quizá fuiste tú, quizás fuimos los dos. Y es el quizá más doloroso de mi vida, porque, quizás tú me olvides, pero, sin el quizás, te digo; yo siempre seré de ti. 

Siempre tuyo: Eduardo Horta G’

frafmentl de mi libro “Cien días después de ti”

No estamos tan lejos uno del otro, sólo un par de centímetros separan todo el sentimiento de tenernos nuevamente.

—¿Qué sigue ahora? 
Dice, y se hace un silencio prologando. 
—¿Besarnos?
Pregunto ruborizado.
—Tú piensas que besarnos arreglara todo. 
Increpa con mirada arrogante.
—Mas bien pienso que no besarnos sólo lo empeorará.
Respondo ilusionado.
—¿Entonces, porque no me tomas?
Murmura ente  suspiros.
—Porque necesito tu permiso para hacerlo.
De nuevo me ruborizo y siento como el corazón se me apachurra.
—Siempre lo has tenido, desde aquel primero beso. ¿Recuerdas? 
Dice con emoción.
—Como olvidarlo.
Me acerco a su cara con tanta lentitud que puedo observar su par de pecas.
—Pensé que lo habías olvidado.
Se acerca también, y siento su respiración muy cerca de mi boca.
—Eso es un insulto, Camila.
La beso lentamente mientras la rodeo con ambos brazos.
—Insulto es que no me hayas besado tanto tiempo.
Me besa la frente y se separa de mi.
—Lo sé, pero creo que me auto insulté.
Me acerco de nuevo.
—¿Porqué lo dices, Javier?
Me besa y me muerde el labio inferior.
—Porque estar sin tus besos me rompió toda la existencia, Camila.
Le regreso la mordida.
—No fuiste el único.
Vuelve a besarme la frente.
—Es bueno saberlo, ¿Quieres dar un paseo?
Pregunto cerca de su boca.
—Si.
Responde a secas.
—Vamos.
Le paso la mano al hombro.
—Te quiero Javier.
Se recuesta en mi hombro mientras caminamos.
—Yo te quiero mas, Camila.
Beso su mejilla.
—Estás loco.
Me regresa el beso.
—Lo estoy, por ti.

Eduardo Horta G’

La conocí en un día inesperado 

La conocí un día inesperado, al lado de quien fue mi mejor amiga por tantos años. Ni si quiera estaba arreglado para la ocasión, pero, ahora mismo me doy cuenta que nadie, absolutamente nadie, está arreglado para enamorarse. Eso es más maravilloso aun, porque llega sin esperarlo, y en la sorpresa está esa maravilla. No quiero ser hipócrita y decir que me enamoré a primera vista. Puede que haya sido en la segunda o tercera, no recuerdo bien. Sólo sé que fue rápido, no tuve mucho tiempo para pensar o asimilarlo si quiera. Venia arrastrando un par de decepciones, y las decepciones nos vuelven apáticos, o al menos a mi así me pasó. Creí que no pasaría nada, me estaba resistiendo a otra desilusión anunciada por todas mis vivencias. Mi cuerpo guardaba lagrimas y gritos que se fueron ahogando en un silencio crudo. Pero, era estupido pensar de esa manera, a final de cuentas yo también he lastimado a muchas personas. Por mi patética insistencia de siempre poner una barrera entre alguien que puede enamorarme y yo. Es cierto que me habían amado muchas veces, pero no era precisamente el amor que yo necesitaba. El que había necesitado se había marchado hace mucho tiempo, en los labios de una chica que no dio un centavo por mi. La mente juega un papel importante en el amor, muy a pesar de que todos hablan que el corazón es el que manda y esas cosas cursis. En mi caso, mi mente se volvió como una muralla, como una especie de trampa que atrapaba a las chicas pero que me mantenía siempre al margen a mi. Hay un momento exacto en el que me deshago de lo que estoy si entiendo, es raro, pero así sucede. Es como si mi mente me dijera; oye, hasta aquí llegamos, esta es la zona de peligro. Y ante un inminente peligro a mi bienestar emocional, empezaba a alejarme, con ausencia tan prolongadas que terminaba por destruir lo que apenas se estaba construyendo. No sé cuantos corazones partí, y no lo digo con vanidad, al contrario; en el preciso momento en que escribo esto siento un pesar muy profundo. Se me pasean todas esas chicas y recuerdo la mirada de todas y cada una de ellas, tan frágiles ante mi, ante mis letras, ante mi incontrolable saberlo todo, ante mi cariño y mi frialdad al siguiente instante. No quería aceptar que esta nueva chica estaba haciéndome sentir algo, de nuevo mi mente jugaba en mi contra, tanto, que, a los dos o tres besos quise marcharme. Me sentía perdido, y no sólo me sentía, en realidad lo estaba. Perdido con mi estilo de vida lleno de egolatría y fanatismo hacia mi mismo. Aunque era consciente que era mi mascara para mostrarle al mundo cuan inútil me sentía. Siempre funcionó, es decir, el escritor paseaba con la frente en alto en todos lados. Y las personas deducían que era casi inalcanzable, aunque la realidad era que me encontraba más frágil que un papel mojado. Después de querer huir, hice algo que sólo había hecho a mis 19; luchar, luchar contra mi, y la lucha contra uno mismo es la mas fiera que se pueda llevar en la vida. Luchaba contra lo que sentía, y lo que sabia me costaría reconocer. Luchaba contra mi pasado que había insistido tanto los últimos meses en hacer presencia. Luchaba contra la gente que no quería verme mas como el escritor que había construido. La estaba pasando bien, y mal, flagelante dualidad. Aún así la lucha la hacia a medio esfuerzo, en ocasiones no sentías necesidad de luchar por algo que no fuera mis sueños de no ser olvidado. Eso hasta que ella me dio los motivos suficientes para vencer por fin a mi mente. Y no fue por medio de un beso, ni de una caricia. Ni si quería estábamos juntos ese día. Sólo recuerdo que me contó tanto sobre ella que leerla me cambió todo, todo. Fue así como se convirtió en mi lectura favorita, de noche, de tarde, de día, de madrugada, a todas horas. Cabe mencionar que leer es mi segunda actividad favorita, después de escribir, por su puesto. Leerla me apegó, de la manera más atípica que podía sucederme a mi, en la edad menos esperada, en mi situación más extraña. Y digo extraña porque ya para entonces era un escritor medianamente conocido, ya empezaba a recibir miradas en la calle, mensajes de personas que sé jamás voy a conocer. Pero en mi vida profesional no todo marchaba sobre ruedas, como pasa ahora, padecía de un hueco profesional que hostigaba todo mi ego. No era tan grande como yo pensaba serlo cuando devoraba mis libros en la universidad. Fue falta de dedicación, o mala fortuna, lo que queda claro es que algo no estaba haciendo bien, estaba… Me cambió todo, incluso eso. Pienso que las mujeres quieren a su lado no solo a un hombre que las sepa mimar, si no también a un hombre capaz en todos los sentidos. Y me lo clavé en la mente, y cuando yo me clavo en la mente no hay nada que no pueda hacer, de nuevo mi ego, o mi mentalidad, no lo sé, pero esa parte muy mía me encanta. Todo empezó entonces a conspirar a mi favor, conseguí un mejor empleo y los frutos comenzaron a relajar mi mente, y solo así fluyen mis letras, cuando encuentro esa paz. Me sentía, y me siento inspirado, como cuando quieres conseguirlo todo, pero ya no para ti, ahora para quien está contigo, sólo para hacerle feliz, porque sabes que su felicidad te hará muy feliz.


Eduardo Horta G’

Amaba tanto

Amaba tanto cada una de nuestras memorias, que, la distancia me parecía absurda. Nos alejamos, tanto, que, solo nos quedaba justo eso, un par de memorias sobre esos días en que nos contábamos historias al oído. Aún me quedaban las huellas d tantas y tantas caricias, aún tenía los labios irritados de tantos y tantos besos, aún tenía el corazón agitado de tantas y tantas emociones, aún me quedaban fuerzas en ambos brazos de tantos y tantos abrazos, aún me quedabas tú, mi vida, aunque nos mantenía solos la inevitable distancia de no habernos seguido conquistando día con día.

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