Un amor que no se olvida

Parecía como si la flor de aquel amor se hubiese marchitado. Pero estaba equivocado, la llama había tomado fuerza. Y lo supe porque después de tantos años no podía encontrar a alguien que me pusiese a temblar sólo con un hola. Era como una chispa que me recorría por completo, y que hacia perder todo atisbo de cordura. Estaba consciente de que las condiciones había cambiado para ambos, ya que la vida nos había puesto en muy distintos caminos. Pero la almas nunca pierden rastro, o al menos no pasa así cuando el sentimiento lo impide. Es por eso que de alguna manera ese hilo me unía aún a ella, aunque en la lejanía, pues su vida estaba echa, en otro cielo que no era el mío. Aún así esas gana de protegerla seguían intactas, cada una de sus aflicciones se impregnaban fuertemente dentro mío. Y me apachurraba el corazón, el echo de saberla herida, por una lanza injusta que la vida le incrusto. Decidí ser su guardián secreto, y trabajar arduamente para reencontrarla algún día, con todo lo que eso conlleva, con todo lo que su vida le ha puesto o quitado, pues el amor es incondicional, honesto, limpio, solidario. Heme aquí pues, tras las huellas de aquel viejo amor, con el único e ineludible deseo de resarcir su pesar, que aunque no fui el causal, lo llevo como si fuese algo mío. Heme aquí pues, sin la consigna de estar con ella, pero con la promesa de estar siempre para ella en mente y alma…

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