La vida es un privilegio

Aveces olvido que la vida es un privilegio, y digo privilegio porque no todos tenemos esa dicha de poseerla. Hay personas a las que la vida se les va sin más, en un abrir y cerrar de ojos, en un suspiro, con la rapidez con que la luz se escapa del bombillo cuando presionas el interruptor para bloquear el paso de la corriente eléctrica. Por eso para dignificar la vida tenemos que ganarla a puño de guerreros. Porque la vida es todo menos fácil, y se complica más mientras va avanzando, o es, quizá que nosotros la complicamos. A mi me da por extrañar en ocasiones al niño de 10 años que no hacía si no jugar todo el día fútbol. Ese niño es el que me mantiene vivo ahora, desde el argumento de cuán feliz me hizo. Aún no escribía, y ni idea tenía que al pasar la edad, los golpes me convertirían en un obstinado escritor. Y ahora mismo siento que me ahogó cuando no escribo algo que me acaece o que suelo ver entorno a mi, o la gente que quiero tanto.
Bueno, estaba hablando de la vida, y no quería hablar de la mía, pero como siempre término derramando un par de vivencias dentro de mi cuaderno. Ayer, recibí una noticia sorpresiva, tan sorpresiva como un rayo que sin más cae a metros sobre ti. El estruendo me aturdió, y me sumergió en un letargo que me hizo pensar en lo mucho que aveces abandonamos a las personas. El orgullo es presa fácil de nosotros, simples y tontos mortales que dejamos el mañana para decir un insignificante: ¡Hola!. Asesinado por ese atroz orgullo que, alimentado por vivencias poco agraciadas nos amarra la boca, y nos enfría el corazón.
Se fue, ayer, apenas ayer, y hoy parece que en el viaje dejamos cosas pendientes, como cuando sales de tu oficina a prisa sin ordenar todo lo que hay en ella, con la esperanza de mañana reacomodar todo, y así todos los días.
Entonces me puse a pensar en si su vida debió ser así, aunque no soy necesariamente el ente más apto para escudriñar la vida de alguien. Pero no pude evitar pensar en lo mucho que le navego a su estancia terrenal, puesto que pareciese como si estuviese sola por la vida, siempre de aquí para allá tratando de mitigar sus más sencillos deseos, con la fe puesta en salir el día a día, sin la certeza de si al día siguiente tuviese ese gramo de fortuna que la colocase en una situación menos hostil en su entorno generalizado.
El corazón le dejo de latir, pero talvez hace mucho lo había echo, porque uno puede estar físicamente en un lugar, pero el espíritu puede que en ese mismo instante se encuentre en otra dimensión menos tétrica, menos dolorosa, menos fangosa. En eso me baso para decir que talvez su corazón se había detenido antes, mucho antes de que nos dieramos cuenta. Porque somos tan egoístas que sólo vemos lo que se posa frente a nuestra nariz y que no sugiere un esfuerzo o sufrimiento de nuestra parte.
Aún con un golpe más fuerte que recién yo había recibido, no pude evitar sentir tristeza, aún con la distancia en nuestra relación cotidiana, aún con todo eso, sentí frío el pecho. Máxime porque no lo creí en ese preciso momento, hasta que la confirmación llego, y no había más que lamentarse abruptamente, o culparse por no dar en vida lo que se empieza a dar en el primer segundo en que ese alguien muere. Hablaba con mis familiares más cercanos, y en ratos sentía su dolor, con algunos, y con muchos otros su fría indiferencia, como si lo ocurrido fuese algo tan normal como un raspón en la rodilla. Trato de no juzgar porque cada quien es dueño de su dolor, y también de como expresarlo, pero lo menos que uno mismo espera es sentir que desatinan a la par de todos, que sufren en sintonía con todos, que les duele al unísono.
Después de tanto pensar, resultaba obvio que le escribiría. Mientras pensaba, mis dedos estaban inquietos, hiperactivos, y sabía que la medicina recaía en la tinta de mi bella pluma, y en la blancura de mi puro papel. Y me ha resultado una experiencia diferente, un nuevo tipo de alimento para esto que yo llamo: mi arte. Es decir, yo acostumbre o aprendí a escribirle a un amor lejano, tan lejano como el Sol de otra galaxia, y cualquiera que me haya leído sabe que no miento. Con mi familia, o mis amigos es diferente, porque ahí mis letras solían tener un freno extraño que no me permitía fluir en la expresión, o en el calco de mis sentimientos hacia ellos. Pero las barreras se derrumban, como cuando recién aprendes a andar en bicicleta, que, después de tantas caídas, manejas libre, seguro, fluido…
Estas letras son par usted pues tía, lamento que no valla a verlas, en verdad lo lamento. Aunque eso no me detuvo un sólo segundo. Valla, vuele, sea libre, reconquiste la felicidad, asesine los pesares, elimine el dolor, crezca en el amor, observenos de lejos, valla con su hijo, con mi hermano, mi sobrina, pídale perdón a Dios, y nunca pare de sonreír. Porque tengo la certeza de que en aquel lugar todo es tan bello que uno no par de sonreír, o de ser feliz. Me despido, hasta pronto, sea inmensamente, ininterrumpidamente, incondicionalmente, totalmente, eternamente… Feliz.

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