Un nuevo suspiro

Todo llego con la rápidez con la que un rayo de luz surca el cielo. Sin avisos, sin nada. Sólo me toco y bang, ya no pude hacer nada, o en realidad no quise hacer nada. Esta vez decidí dejarme llevar, al paraíso, o al infierno según pase… Mi respiración empezó a ser diferente, he inconscientemente le agradecía a Dios por eso. Porque me regreso el alma al cuerpo, por decirlo de alguna manera. También me cambió la mirada, el pulso, el pensamiento, y mi visión sobre el amor y todo su entorno. Los primeros cosquilleos me asustaron, para ser sincero, pero, después me alegraban el día. Mensaje a mensaje me colmo el día entero y acribillo todo atisbo de temor, de ganas de abdicar, de ganas de huir, además, me hizo enfocarme sólo en su sonrisa, por lo que me olvide de las demás, sin que suene patán. Cuando se ausentaba, la extrañaba, e impaciente esperaba en la pantalla de mi móvil las cuatro letras de su nombre aparecer, para traer consigo ese cosquilleó del que hablo. Por las noches pensaba en que debería hacer muchas cosas para estar a su altura, a sus necesidades. Y por la mañana me levantaba como un guerrero en busca del éxito que en pequeña o mediana medida se me ha dado. Después empece a escribir, lo mejor que se hacer, pero esta vez no a Zoe, si no a ella, Dave, la chica de la sonrisa que me volteo el mundo, a ella, a Dave, aunque todo parezca absurdo, le escribo a ella, porque los suspiros que de mi escapan ahora tienen su bello nombre.

Eduardo Horta G’

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Letras para Hanna

Aveces me pregunto como es el cielo, otras veces me pregunto como te sientes ahí. Pero la mayor parte del tiempo te imagino sonriendo, a lado del padre, con mi hermano, con tu padre. Aveces pienso en ti por las noches y tengo que encender la luz, buscar mi cuaderno y contarte todo lo que te he contado ahí. Los días han transcurrido lentos, pero la calma ha llegado de a poco, aunque, las fotos me revuelven todo otra vez. Tengo mucho que no te visito, pero al menos lo hago en pensamiento, en privado, en mi espacio de soledad, de meditación, donde abandonó el ego, al lector, al escritor, a Horta. Son esos los momentos que más apreció, porque me llegan a cuenta gotas y es cuando liberó toda la presión, me deshago de casi todo, excepto de las personas que amo, como a ti. He mejorado bastante en lo que hago, y hay muchas personas que empiezan a notarlo, eso se supone que me hace feliz, pero, existe un vacío cuando te recuerdo, y yo desearía que tu pudieras ver todo esto. Que pudieras leer lo que escribo, lo que te escribo. De vez en cuando me siento en el jardín a fumar un cigarro, veo al cielo y te busco. En una nube, en las aves, en casi cualquier cosa. Después me resigno nuevamente y me dedico a escribir, porque es lo que más amo hacer, lo que me desahoga, lo que me hace sentir poderoso, por lo menos un momento. Espero que el cielo te este dando más alegrías que la tierra, pero te extraño, más que nunca. Porque lo que se amo jamás se deja de extrañar, ni un sólo momento, aunque el tiempo cure, nunca borra el vacío, el vacío de haberte ido. Se que te volveré a ver, al igual que mi hermano, pero espero eso tarde mucho, porque tengo muchas cosas aún por hacer aquí. Y sinceramente te las estoy dedicando todas a ti. Me sueño con tu nombre en mi libro, quedando grabado ahí eternamente.

A través de su mirada

Es como el centro de todo, como si todo girara en torno a ella. Y de repente su dolor me carcomía los sentidos, y su mirada triste, perdida, me enloquecía por la impotencia de no poder hacer nada. Sus manos temblaban, y yo no era capaz de tomarlas, porque el miedo también me invadió a mi. Y todo mi poderío se esfumó en ese preciso momento. Después su voz, quebrada en no se cuantas partes, mascullaba una melodía pálida, triste, demoledora. Hasta que me abrazo, y su calor hizo que la fuerza volviera a mi para arremeter contra todos sus demonios y llenar el vacío, su vacío. Con todo mi amor y con toda mi ternura. Sólo porque a través de esa mirada comprendí que su amor tenía miedos y yo sólo quería asesinarlos para que me amara como yo: con plena libertad.

El amor de mis sueños

Cuando era niño solía escuchar a mi madre decir que el amor era como un invento inútil que para lo único que servía era para hacer sufrir a la gente. Pero cuando crecí, descubrí más cosas. Mi madre tenía razón: el amor hace sufrir a la gente, porque la gente tiene la extraña costumbre de enamorarse en la persona menos indicada. Y no es que quieran en realidad enamorarse de alguien en específico. Lo que pasa es que, el amor llega con la rapidez con que lo hace un rayo, y, eso nos impide elegir, entonces, el amor elige por nosotros. Pero el amor no es sólo eso que decía mi madre. El amor es también un generador de sueños y de sentimientos extraños que nos hacen perder todo atisbo de razón. O al menos eso me paso a mi, caray, exactamente eso. Fue espontáneo, como cuando enciendes un fósforo y de repente la intensidad de la llama empieza a iluminar. Así fue, sin ningún tipo de contratos, sólo la vi, y listo. Lo que no sabía es que ella estaba con alguien, y tampoco sabía que eso a la larga convertiría este amor sólo en un sueño. El miedo me invitaba a huir, a alejarme lo más posible de esos ojos, pero, el amor tan testarudo me hizo permanecer tan cerca que, termine más perdido que al principio. La mayor parte quería verla, abrazarla o simplemente estar a su lado, pero aveces la veía a lado de el y todos esos deseos se esfumaban. Sin embargo el lazo se fortalecía, al igual que el dolor. Debo admitir que su capacidad de oratoria es excelsa, y me empezó a atrapar palabra a palabra. Las promesas se hicieron comunes, y también inverosímiles. Con el paso del tiempo deje de creer en eso de “algún día estaremos juntos”, porque cuando alguien te ama de verdad, te alimenta con hechos y no con promesas, como lo hacía ella conmigo. Además estaba el, un tipo simplón, delgado como manguera, con el semblante seco y la sonrisa tímida. Pero era el quien podía dar un paseo en bicicleta a su lado, era el quien podía ver una película en el cine con las manos entrelazadas, era el quien podía ver las estrellas mientras se recostaba en sus piernas. Recuerdo una vez que la vi en el parque, a eso de las 8 de la noche. Para esos días me era casi imposible esconder todo lo que estaba sintiendo. Porque cuando el amor es honesto se manifiesta incluso en el brillo de los ojos, y a mi los ojos me brillaban con el simple echo de recordar su nombre, aunque aveces los recuerdos me apachurraban, sobre todo cuando esos recuerdos me aterrizaban en la realidad de que el estaba con alguien más y que aunque soñara cruel yo era el “otro”. No se cuanto tiempo resistí esa dinámica destructiva, porque aunque el amor fortalece, a mi me estaba destruyendo, segundo a segundo, y eso era porque el amor, mi amor, no tenía algo que se llama reciprocidad y que al final es lo que fortalece, o destruye según sea el caso.
Un día mientras llovía me asome por la ventana, quería ver la lluvia golpeando el suelo, y la luz de los rayos que coloreaban de un color cobrizo el cielo. Ese día, tome una decisión, casi obligada, porque estaba devastado. Ese día decidí alejarme de lo que más he amado. Me sentí vacío y tenía miedo en demasía por lo que acaba de decidir, pero yo sabía que era la única manera de sobrevivir a este sueño, o pesadilla. Así que desde ese día me ausenté y acallé todo el sentimiento, aún con todas las lágrimas que han estado de por medio, así que desde ese día me ausenté, huí, me aleje, me esfume de ella, la mujer de los chinos, de ella, la mujer de mis sueños.

Eduardo Horta G’

Con dedicatoria para Alejandra Facio Ojeda, quien me sugirió escribir este texto.