La mujer de la sonrisa más hermosa del planeta

Mi tristeza era involuntaria, pues, aunque trataba de borrarla, me era casi imposible. Pero, la tristeza, al igual que la felicidad, carece de eternidad. Y entonces se esfumó, en el preciso momento en que la vi parada en la acera de enfrente. Yo estaba empapado, pero no de lágrimas. La lluvia arreció y yo estaba mojado hasta los poros. Y ella, tan perfecta como siempre. Levantó la mirada, yo la escondí un poco, para que no notara mi tristeza, después la levanté para verla, y, desapareció la tristeza, con la ternura de sus ojos. Quería cruzar la calle, pero, los coches no me lo permitían, y eso creció mi ansiedad por abrazarla, hasta que por fin pude llegar a ella, a sus brazos, y fue en ese momento que el mundo giró otra vez. Nos fundimos en un abrazo mágico, celestial, magnético, perfecto en realidad. Cuando nos separamos comencé a hablar de manera incesante, mayormente cosas tontas para hacerla reír. Y es que ella ignora lo que su sonrisa causa en mi. Es parecido al placer que me ocasiona escribir, leer o escuchar a Lennon. Cuando el autobús llegó, la abrace para protegerla, y aunque ella dice que exagero, para mi es natural. Porque, uno protege lo que ama, y yo la amo, si, la amo, de pies a cabeza, por eso la cuido, incluso del viento que la toca a placer. Usualmente odio la idea de estar en un camión lleno de personas, pero, fue diferente, porque, éramos ella y yo, juntos, amandonos a cada segundo. Mi boca aún no se detenía, mi catarsis emocional pende de mi desahogo verbal, pero, decidí detenerme un poco. Saque los auriculares y busque una canción que había querido dedicarle: “Somos Novios”, y mientras la melodía de Luis Miguel nos tocaba el alma, yo la abrazaba, la besaba, ahí, en medio de un mar de personas que iban con la mirada perdida, ignorando que el amor gobernaba todo aquel lugar, el amor, mi amor, su amor, nuestro amor. Cuando llegamos, extendí mi mano para acercarla a mi, de nuevo mi manía por protegerla, pero, ella es una mujer de carácter, y, era ella quien dirigía nuestro caminar. Ya era un poco tarde, pero no para el amor, porque el amor desconoce tiempos, climas, y aún por esas horas y con la lluvia golpeándonos la frente, estábamos dispuestos a amarnos. Aprovechamos el tiempo para llegar a su casa y dejar el helado de chocolate que tanto le gusta, tomar un par de sillas y sentarnos a ver una película, que, parecía nunca veríamos. El clima era frío, y nosotros cálidos, pegados uno a otro, acompañados de una tasa de chocolate caliente, unos panecillos y nuestros labios que no paraban de juntarse. No se cuantas veces le dije te amo, ni cuantas veces lo escuche. Sólo se que todo era bellísimo, inigualable, como nunca lo sentí. La película quedo a medias, yo tenía que irme, pero, la despedida me tenía más caricias, y más palabras.
-No quiero que te vayas.
-Ni yo quiero irme, amor. ¿Te puedo ver mañana?, o, ¿pasado?.
-Mañana amor, te amo.
-Yo te amo más, me voy.
-Esta bien, espero a que te vayas, quiero verte mientras te vas.
Acomode mi camisa que estaba un poco desaliñada, busque una canción, la mire por última vez, y entonces me fui. Suspirando, emocionado, ilusionado, enamorado. Saqué mi cuaderno, y la magia se apoderó de mi. Estoy enamorado, al límite, tanto que, en estos momentos no existe una persona que pueda hacerme sentir el poder que me hace sentir ella. En estos momentos no existe una persona que pueda hacerme sentir amor, así como me hace sentir ella. En estos momentos no existe nadie en el mundo con quien quiera compartir mi vida, sólo ella, la mujer de la sonrisa más hermosa del planeta.

Eduardo Horta G’

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