Eras felicidad

Aprendí a llamarte “Felicidad en estado puro, natural, magnifico, maravilloso, radiante, inigualable”. Porque eso eras en verdad. La felicidad que no encuentras en ningún orgasmo, ni en ninguna droga, ni en un gol de final de copa del mundo, ni en el final de un libro, ni en el brillo de un lingote de oro, ni en la pintura de un ultimo modelo. Eras felicidad, en su forma más espontánea. Esa felicidad que no se ausentaba, que no se extinguía, que no se marchitaba, que no pedía nada a cambio si no la simpleza de una sonrisa iluminadora. Eso eras, en un pasado tan frágil que dejó de existir.
Eduardo Horta G’

Hubo más cosas que nos separaron

Hubo más cosas que nos separaron que las que nos unían. Mensajes ignorados, besos sin mucha intención, abrazos sin mucha emoción. Empezabas a mirar hacia otro lado, y yo en mi comodidad no supe distinguir cuando eso pasó. Hasta que te supe en otros brazos, en otros labios, en otros ojos. Entonces pronunciaste algo que nunca quise escuchar, y que ignoré bastante tiempo; “ya no siento lo mismo”. Una lápida sentimental, emocional, espiritual, que me golpeteó los intestinos. Tan fuerte que no pude derramar una sola lagrima.
Eduardo Horta G’

En ocasiones 

En ocasiones las personas se van y siguen una vida que tu no pudiste seguir. Hacen sus planes y tu te ves obligado a deshacer los tuyos. Encuentran la felicidad y tu tienes que abandonar la tuya porque estaba a su lado. Simplemente se van, se esfuman, se disuelven, se diluyen, mientras tú; te desgarras en silencio.

Eduardo Horta G’

Te quiero tanto

¿Sabes? Te quiero tanto que ni si quiera yo sé cuanto. He pasado noches pensando en que te conocí de la manera más extraña, en el momento menos agraciado de mi vida quizás. Encendiste una luz que se había apagado hace mucho en mi, cuando me decepcionaron por primera vez en la vida. Sabia que a todos nos pasaba eso, pero, honestamente siempre creí que lo mío era algo diferente. Porque sufría como un idiota, e intenté volver a darle marcha a mi vida, a mis sentimientos. Y por alguna razón no se podían accionar, en ningunos labios, en ningunos ojos, en ningunos brazos. Cada intento significó un fracaso, un doloroso fracaso que me hizo plantearme en si yo tenía derecho a enamorarme otra vez, con todo lo hermoso que se puede sentir que alguien te parta el corazón. Entonces llegaste tú, sonriendo sin motivos, levantándome cada que el piso me quería cerca de nuevo, besándome cuando mis labios morían tanto que sólo a besos volvían a la vida, abrazándome cuando mi piel estaba congelada. Así regresó la esperanza de amar, de volver a sufrir, porque después de tanto había perdido toda sensibilidad, no sólo me costaba ser feliz, también sufrir era muy difícil, creí que me había quedado sin sentimiento alguno. Todo te lo debo a ti, sólo a ti, porque en un beso comprendí todo lo que en muchos otros no había comprendido. Y es que cuando dejas de sentir, el mundo entero deja de sentirte, cuando de sonreír, el mundo entero deja de sonreírte, cuando dejas de sufrir, el mundo entero sufre por ti.

Eduardo Horta G’