Carta hasta el vientre 

La noticia nos llegó en una tarde colorida, como un síntoma de cuanto color iba a darle a nuestra vida. Sus primeros latidos se habían gestado apenas hace un mes, pero, parecía como si esos latidos hubiesen vivido una eternidad en nosotros. La sonrisa fue inevitable porque no fue ese típico accidente, además, siempre he considerado que un hijo es una bendición, en las condiciones que llegue. Me sentía aturdida de felicidad, ya puedo imaginar sus ojos y sus manitas haciendo el día. El nombre aun no es importante, aunque si por mi fuese le pondría felicidad, porque eso es; felicidad en su estado más puro. Me habían contado tantas veces sobre esto que pensé que ya sabía que podía sentirse, pero estaba equivocada, porque, superó cualquier cosa en mi vida. Es la cima, la apoteosis de todos los días que he vivido, es como si mi vida se resumiera justo en algo que no conozco y que ya estoy amando. La impaciencia es mi peor enemiga, cómplice del tiempo que quiere que me enamore más de lo que crece dentro de mi. Aun así, la espera me gusta, porque, es de ese tipo de espera que llena de fe, de gozo, de júbilo. 

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