Cien días después de ti

Como brisa que viaja desde el sur, acariciabas lo que nunca nadie pudo. En un tono arrogante solías decir que nadie podía igualarnos, que, éramos una bella posesión mutua. Aunque, la palabra suena enfermiza, me agradaba. Poseer el poder de hacerte feliz mientras yo lo era contigo, distinto a todo lo que había conocido. Una historia que ya había escrito mucho antes de empezar a escribir esto, en el alma, claro. Esos besos magnéticos, con la fuerza suficiente para hacer que toda partícula existente en mi hiciese reacción, al unísono.Veíamos las estrellas, aunque suene cursi, porque cualquier momento o lugar eran perfectos. 

Recuerdo ese día, bueno, uno de esos. Mientras reposabas en mis piernas, decías cosas que sonaban a melodía.

—¿Crees en la perfección, Javier?

Me observaste con el brillo de la luna en tus ojos. 

—No tanto, Camila. Pero si existe la perfección debe ser lo más parecido a ti.

Acaricié tu mentón para después inclinarme y besarte a ojos cerrados. Y cuando alguien besa a ojos cerrados, ya no tiene marcha atrás en sus venas. 

—Lo dices para hacerme sentir bien, ¿verdad?

Te levantaste un poco para regresarme el beso, también a ojos cerrados. De nuevo, coincidíamos en sentir casi de la misma manera. 

—No, lo digo para hacerte entender cómo mis ojos te ven.

Me recargo y clavo la mirada en tu cabello. Tu cabello tiene un algo que hace que lo observe con placer, qué raro.

—Eso es cursi.

Giras tu cabeza a la derecha y no puedo ver tus ojos.

—Lo es.

Susurro muy cerca de tu oído.

—Me gusta.

Dices mientras te levantas para jalarme de ambas manos y poder abrazarme.

—A las mujeres les gusta. Bueno, casi a todas.

Te aprieto y recuesto mi cabeza en tu hombro.

—Espero no hayas tenido muchas.

Réplicas con seriedad.

—Las suficientes Camila. Las que la vida quizo que conociera para llegar a ti y apreciar este tipo de momentos. Lo tuyo, lo mío, es diferente. Y te diré porque; existe una cadena, a manera de capricho de la vida. Para que te enamores de alguien que está enamorado de alguien que está enamorado igualmente, pero de alguien más. Piensa en lo dichosos que somos, en habernos encontrado, y conectado. El mundo es inmenso, pero, nuestro amor lo hizo pequeño. Porque rompimos esa cadena, tú sientes el mismo latir que yo siento cada que pienso en tu nombre, o cada que te extraño, o te beso. 

Me acerco a su rostro, la beso nuevamente y la tomo de la mano para irnos.
“Cien días después de ti”
Su escritor; Eduardo Horta G

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