Gracias por todo

Me había vuelto bipolar, odiaba y amaba en segundos. Pero no era tu culpa, es decir, ¿cómo podría culparte de mis propios sentimientos? También era arrogante, más de lo que soy ahora. En cierta medida era eso lo que me hacía bipolar, una lucha tan feroz contra lo que sentía. Hasta el aire era amargo, bueno, normalmente el aire no tiene sabor, pero en esas circunstancias se lo encontré. Vamos, en ocasiones cambia todo; eras esa excepción a la regla. El rayo de sol que nunca llegó, la gota de agua que terminó por vencer a la roca. ¿Comprendes? Algo muy grande, más que todo mi ego. Y para entonces yo tenía una muralla a manera de escudo. Pretendía protegerme de ti y de todo lo que podías hacer conmigo. Era tu lienzo en blanco, y el problema es que no tenía una idea de los colores que utilizarías sobre mi. Porque contigo eran en ocasiones grises, otros oscuros como a la media noche en invierno, y también coloridos, llenos de vida, como cuando la primavera azota el patio trasero. Insisto, bipolar, con cambios tan constantes que no alcanzaba a asimilarlos. Eras el frío al lado de la hoguera, que estupido, ¿verdad? La primavera en el polo norte, el copo de nieve sobre la braza, la tinta que escribe bajo la tormenta, la cruda que tiene el abstemio, la música favorita de un sordo. Eras tan frágil, tan bipolar, que me convertí en ti. Sin quererlo, me impregné de todo lo que siempre había huido. Y ahora sólo me queda un mensaje, más bien, tres palabras, “gracias por todo”.

-Eduardo Horta G

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Hay cosas que nunca dije

La luna se asoma; lejana, inalcanzable como los recuerdos de un Abril que nunca más volvió. Se asoma a hurtadillas sobre el follaje de un árbol que ha permanecido, por lo visto, muchos abriles parado, como si el tiempo no pasara por él, abanicando el clima con el caer de sus hojas, llenado de melodías con el silbido de sus ramas que van y vienen con el soplo del viento, maquillando el suelo que abraza esas hojas que caen con la lentitud propia de una despedida; como si no quisiesen marcharse de su árbol.

El viento lo gobernó todo por un momento, incluyéndome en la ecuación. Mientras mi mirada seguía perdida entre el árbol y la luna, en la nada que fungía como todo, a la espera de algo, o alguien que pudiese que no llegara. No era la primera vez, habíamos hecho algunas citas previas que no había tenido conclusión. Pero, hice contra parte al viento, pues, permanecí calmo ante la espera, con lo difícil que se vuelve esperar a alguien que te gustaría tener siempre frente a ti.

-Canalla, disfrutas de la Luna sin mi.

Di un sobresalto sin tomarme la molestia de voltear.

-Soy tu canalla favorito, y no puedes negarlo. ¿Cierto?

Permanecí inmóvil, con la pupila inseparable de la misma luna de siempre.

-Siempre, lo sé, lo sabes.

Se sentó a un costado mio tomando mi brazo y respirando tan cerca de mi que podía olerla.

-Nunca está de mas escucharlo.

Por fin volteo, y veo un rostro carente de maquillaje, excepto el de la vida; lineas de expresión, la comisura perfecta que pronunciaba sus labios, ojos un poco mas cansados, y detalles que no pasan desapercibidos. Volví a perder la mirada en un punto aun lejado, pero que me acercaba a ella, puesto que siempre que quería ver algo que ella pudiese ver al mismo tiempo que yo, veía la luna.

-Tengo tanto por decirte, como cada que nos vemos. Estas citas se han vuelto como una catarsis, un desahogo para todo lo que nunca te dije. No sé si por cobardía o por el hecho de que cada que estábamos juntos no podía pensar. Tú sabes, dicen por ahí que cuando la emoción sube la inteligencia baja y estoy seguro que yo era un retrasado siempre que tus ojos se cruzaban con los míos. Me costaba mucho trabajo pensar, y justo cuando te ibas te pensaba sin cesar… Eso se llama dictadura, una dictadura perfecta, porque fuí tan feliz mientras mi cerebro se marchaba y después cuando regresaba con toda la fuerza sólo para seguir contigo. Y, bueno, no hablo si quiera de emociones, porque si hablo de lo que sentía puede que te de diabetes.

Dije como un susurro, un suave susurro que estaba lleno de lo mas honesto que tiene el ser humano: amor.

-Quizás ya me está dando diabetes, pero tu susurro es como insulina, la insulina perfecta. Siempre acudo a ti cuando me siento vacía, suena cruel, pero tú me llenas, llenas esos espacios que la vida me fue imponiendo, con todo lo estúpido que es tener la felicidad a un lado y sólo aceptarla de manera momentánea. Te he tenido tan poco que merezco mas, ademas, siempre vuelves aquí, sin que te deje huellas, y eso me enseño algo; llevas las huellas de nuestro destino. Siempre vamos a estar juntos, a pesar de las circunstancias y con todo el pecado que incluyen nuestros encuentros. Nunca me siento tan feliz siendo incorrecta como cuando esa incorrección me lleva a ti. Somos un juego infinito, un momento inacabable, un beso que jamas deberá terminar.

-Eduardo Horta G´

La lluvia libre tras el tintineo de sus gotas mucha añoranza, muchos suspiros contenidos. Las nubes descargan un principio de vida, que no hace si no, elevar las memorias; memorias de mi pluma, memorias del reflejo de esos ojos marrón que el tiempo no ha podido apagar. Los chorros acumulados se convierten en tinta cuando eres escritor, cuando un día descubriste que podías inmortalizar cualquier momento, cualquier lugar, cualquier nombre; Camila.
Alguna vez la lluvia nos alcanzo a medio beso, a media despedida, a medio latido… empapándonos hasta el ultimo recoveco existente, mojándonos esos momentos inmortales, estilandonos esas palabras eternas que susurramos en ocasiones muy cerca del oído, otras muy cerca del corazón, y otras cuantas muy cerca de los labios.
Saltamos los charcos, aunque algunos los cruzábamos fundidos en un apretón de mano y con los pies hasta el fondo del diluvio, rememorando una infancia que nos vivimos juntos, pero que fue con certeza la culpable de que estuviésemos juntos por aquellos junios, por aquellas lluvias de abundancia en nuestras venas.
Reíamos por los peinados arruinados, enamorados de cada defecto que se asomaban después de un montón de gotas que nos habían golpeado sin tregua, porque en nuestra mirada encontramos perfección, en lo mas imperfecto, en lo menos posible, en lo menos creíble.
Al igual que las nubes, descargábamos vida, vida a nuestras almas enteras mientras la palabra “juntos” había sido total.
La lluvia, pues, es un recuerdo, o muchos; como un relámpago que nos ilumina siempre, como un rayo que grita con fuerza que hubo una historia que jamas va a ser olvidada mientras yo siga escribiéndola, mientras tu sigas recordándola con una sonrisa.
 
De mi libro “Cien días después de ti”

-Eduardo Horta G´

Cierra tus ojos 

Cierra tus ojos, el tiempo no lo logró. Sigo ahí, sigues aquí, a centímetros de la imaginación. Piensa en mí cuando lo necesites, recuérdame cada que sientas frío, cada que la oscuridad te de pavor, cada que la soledad quiera hacerte compañía, cada que la vela comience a apagarse, cada que la luna no te ilumine más, cada que el llanto te deje seca, o cuando la voz se te corte cada que le cuentas al mundo sobre lo nuestro. Ciérralos, yo no me iré, tus venas me guardan, tus ojos me ven, aunque, aveces nublado. Cierra los ojos, imagina las veces que me decías te amo, Ciérralos, fuerte, hasta que me encuentres y entiendas que no se va quien no se olvida, quien nunca se deja de amar. 

                          Eduardo Horta G

Imagina

Imagina por un momento que volverás a sentir lo mismo, que las huellas jamas se irán, que los besos te cerraran de nuevo los ojos, que el corazón palpitara descontroladamente, que la respiración perderá el ritmo natural. Pero, sólo imagina, imagina para que te des cuenta que el amor solo golpea con la misma fuerza una sola vez.

Eduardo Horta G